Jueves y domingo: la otra cara del Mercado de San Andrés.

ATIZAPÁN DE ZARAGOZA, Méx. — Son las 6:30 de la mañana y decenas de personas ya están atrapadas en largas filas de autos y transporte público. No van de compras ni a vender: van a trabajar.
Cada jueves y domingo, el Mercado de San Andrés se instala y con él llega un colapso vial que afecta a miles de trabajadores que cruzan la zona para llegar a Naucalpan, Tlalnepantla o Villa Nicolás Romero.

“Salgo una hora antes y aun así llego tarde”, dice un chofer de combi mientras mira cómo los autos avanzan a paso de tortuga.

El mercado es tradición y sustento para muchas familias, pero su ubicación —justo en un punto que conecta tres municipios— lo convierte en un cuello de botella inevitable. Entre camiones descargando, puestos que invaden carriles y la falta de rutas alternas, el tiempo se escurre y la paciencia también.

Para quienes dependen de llegar puntuales, el caos no es solo molesto: significa descuentos en la nómina, regaños del jefe o perder la primera clase del día.

La pregunta que muchos se hacen mientras esperan es simple: ¿se puede mantener viva la tradición sin condenar a miles de trabajadores a empezar su jornada atrapados en el tráfico?

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